Gracias a vosotros, soy enfermera

CARTA DE ISABEL LLORCA VAQUER, ENFERMERA Y PRESIDENTA D'AMUNT CONTRA EL CÀNCER

Solo era una enfermera. O quizá habría que decirlo de otra manera: tuve la suerte de ser enfermera durante toda mi vida laboral. Y digo suerte porque hay profesiones que se estudian, se ejercen y se cumplen. Pero hay otras que, con el paso de los años, dejan de ser solo un trabajo y se convierten en una forma de mirar la vida. La enfermería es una de ellas.

Es una profesión bonita, profundamente humana, exigente y, muchas veces, silenciosa. Una profesión que empieza en la formación, en los turnos, en los protocolos y en los cuidados, pero que termina convirtiéndose en algo mucho más grande gracias a los pacientes. Porque son ellos, con sus historias, sus miedos, sus heridas, sus pérdidas y sus recuperaciones, quienes transforman la profesión en pasión.

Yo aprendí a valorar mi vida cuando tuve entre mis manos la vida de los demás.

Ser enfermera es asumir que, sin conocer de nada a una persona, vas a hacer todo lo posible para ayudarla. Para que conserve su salud a través de la prevención. Para acompañarla cuando se encuentra mal. Para que esté cómoda. Para que no tenga dolor. Para que pueda recuperarse. Para que, incluso en los momentos más difíciles, no se sienta sola.

Cuántas veces he cogido una mano después de una mala noticia. Cuántas veces he acompañado a alguien tras la pérdida de un ser querido. Cuántas veces nos hemos mirado a los ojos con impotencia, sabiendo que quizá ya no podíamos hacer mucho más que estar, tocar, cuidar y acompañar. Porque también eso es enfermería: estar cuando ya no quedan grandes palabras, cuando la técnica no basta y cuando la humanidad se convierte en el último refugio.

Cuántas veces he estado al lado de una cama viendo cómo el monitor de un corazón avisaba de que algo se detenía. Cuántas veces he ayudado a respirar con aparatos, con manos, con urgencia, con miedo y con esperanza. Cuántas veces he celebrado una recuperación. Y cuántas veces he llorado, invadida por un sentimiento de impotencia, cuando no se ha podido conseguir. Pero no todo han sido momentos duros.

También he vivido momentos profundamente felices. He compartido pequeños y grandes logros con muchos pacientes. He visto cómo alguien recuperaba fuerzas poco a poco. He celebrado heridas complicadas que por fin cicatrizaban. He acompañado procesos largos, avances lentos y victorias que, para otros, quizá pasaban desapercibidas, pero que para nosotros lo eran todo.

Y he compartido sonrisas en uno de los momentos más bonitos que puede vivir una enfermera: cuando un paciente se va a casa recuperado.

Por todos y cada uno de vosotros, por quienes pasasteis por mis días, por quienes me enseñasteis sin saberlo, por quienes confiasteis en mí en momentos de miedo, dolor o incertidumbre, hoy puedo decir que mi profesión no la construí sola.

Como enfermera, hicisteis de vuestro viaje el mío. Fuisteis parte de mi vida laboral, pero también de mi vida personal. Me enseñasteis a cuidar, a escuchar, a valorar, a resistir y a agradecer.

Por eso, este texto está dedicado a todos esos pacientes que, por diversas circunstancias, me acompañaron durante mi camino profesional.

Porque gracias a vosotros entendí el verdadero sentido de mi trabajo..

Gracias a vosotros, soy enfermera